Parece que hayamos decidido ignorar la fuente última de nuestra salud, la biodiversidad.
La salud humana, la de las plantas y la de los animales son interdependientes y están ligadas a la salud de los
ecosistemas en los que conviven. El ser humano se ha convertido no ya en el responsable sino, paradójicamente,
en una de las principales dianas de su relación tóxica con la naturaleza, generando una grave crisis ambiental y una
sociedad extremadamente desigual, con problemas psicológicos crecientes y con millones de muertes evitables.
Para entender cómo hemos llegado aquí y, sobre todo, cómo podremos sortear esta trágica historia que lleva un
inquietante rumbo hacia el colapso, hay que acercarse al mundo de las interacciones complejas, en cuya base se
encuentra una biodiversidad amenazada. La biodiversidad es clave para que los ecosistemas funcionen, y de su
conservación y su dinámica natural dependen la integridad ecológica de la biosfera y la nuestra propia. Parece que
hayamos decidido ignorar la fuente última de nuestra salud. El diagnóstico está claro: la Tierra necesita un
tratamiento médico que revierta sus problemas de salud y, en esta ocasión, tendremos que ser los propios
pacientes los que hagamos de médicos. Evitar el colapso requiere disminuir nuestra huella ambiental y recuperar
la salud planetaria.