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Autorretrato de un tenista que odiaba el tenis
Publicada el 2015-04-15
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Miércoles 15 de abril de 2015 | Publicado en edición impresa

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Autorretrato de un tenista que odiaba el tenis

Por Pedro B. Rey | LA NACIONSEGUIR

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En el desierto que rodea la casa solitaria abundan las serpientes de cascabel y las plantas rodadoras de los westerns. A lo lejos, la ciudad de Las Vegas parece un espejismo. La parte posterior del terreno la ocupa una cancha de tenis. Parado en el rectángulo, un chico de siete años golpea las pelotitas velocísimas que eyecta hacia él una máquina con aires de dragón. Cuando en el suelo hay tantas que ya no se puede mover, el padre enciende otra de sus invenciones, un ventilador gigante, para que las arrastre fuera del perímetro. Eso permite que la criatura continúe golpeando con su raqueta sin parar más y más bolas de fieltro fluorescente. Podría ser la ominosa imagen inicial de alguna serie televisiva de moda. Es, contra todo, bien verídica: así fue la despavorida infancia de Andre Agassi.

Como pocos deportes de elite, el tenis tiende a compartir con disciplinas de otro orden -la danza, el virtuosismo en algunos instrumentos musicales- la conjunción de precocidad y perseverancia. No resulta extraño que, atadas a ese sacrificio, abunden en ese rubro las infancias infelices. Agassi va más allá. "Juego al tenis para ganarme la vida, aunque lo odio, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado", cuenta en Open, su formidable autobiografía, y al recorrer sus páginas se comprenden las virulentas razones de la afirmación.

En sus primeros años, Agassi tuvo que lidiar con un progenitor iracundo -un ex boxeador olímpico armenio-iraní instalado en los Estados Unidos que decidió que el cuarto de sus hijos estaba llamado a ser el número uno del tenis mundial. Después, a partir de los diez años, su carácter tímido y sensible debió sobrellevar en el distante estado de Florida el martirio de una escuela de tenis a tiempo completo, la del famoso reclutador de talentos Nick Bollettieri. Al tren, dice la advertencia, hay que treparse cuando pasa. Agassi se subió cada vez que pudo, con inquina, sólo para poder huir mejor -aunque vanamente- de esa doble tenaza. Una vez sobre los rieles, bajarse resultaría ya imposible. Jugar al tenis era lo único para lo que había sido formado. Se rebeló contra ese círculo vicioso simbólicamente por medio de una cresta mohicana, aritos, shorts de jean, una indumentaria colorida. La pérdida de pelo (llegó a jugar una final de Roland Garros con postizos) lo llevaría a raparse y a asumir una terrible certeza contradictoria : "He interiorizado a mi padre -su impaciencia, su perfeccionismo, su rabia-, hasta que su voz no sólo suena como la mía, sino que es la mía".

¿Qué siente un jugador de tenis cuando lanza la pelota al aire en un estadio que detiene el aliento? ¿Y qué pensamientos intermitentes lo acechan cuando está por jugar un punto decisivo? Cualquier curioso del tenis encontrará respuestas a ese enigma en este autorretrato, pero la narración, descarnada, va más allá. Agassi describe sus partidos (hay varios con argentinos como Martín Jaite y Alberto Mancini) con la sospecha de que detrás de cualquier rival puede esconderse un Goliat. Arrastra la eterna sensación de que cada torneo, cada partido, puede, debería ser el último. Los tenistas, constata, son los únicos deportistas que hablan continuamente consigo mismos, como psicóticos que le responden a su otro yo. En un momento de angustia, es capaz de regalarle todas sus raquetas a un grupo de vagabundos bajo un puente. No omite su rencor por cierto rivales y reconoce con franqueza los turbios manejos de un control antidoping. Agassi no era un tenista que resultara particularmente simpático. La aparente altanería, aprendemos ahora, era una máscara de la peor de las torturas.

Open se publicó en inglés en 2009. El delay de su traducción al castellano, que sólo llega a nosotros en estos días, puede considerarse un homenaje a su perdurabilidad. Muy pocas veces el supuesto anecdotario de un deportista estuvo tan cerca de un Bildungsroman, aquellas nutridas novelas que seguían el remolino de una vida. J. R. Moheringer, el escritor que ayudó a Agassi, sabía qué hacía cuando lo incitó a que firmara el libro en solitario. Cuando fue al colegio, una pausa circunstancial en sus entrenamientos, lo único que le gustaba algo al joven Andre era el inglés y la poesía. "Yo descubrí tarde la magia de los libros -confiesa hoy, felizmente casado con otra niña de infancia difícil: Stefanie Graff- y de los muchos errores que quiero que mis hijos eviten, ése ocupa uno de los primeros de la lista".

Las infancias perdidas a veces llegan a encontrar, por suerte, una segunda razón de ser..

 

 

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