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Dos mil quinientos pelotazos por día

Memorias. “Open” es mucho más que la historia de Andre Agassi. Es el relato brutal de un hombre que odiaba el tenis y le entregó su vida. Y de sus razones.

POR LILIANA HEKER

 

 
 

Cautivantes desde los primeros párrafos, estas memorias desbordan la trayectoria lineal de un tenista que fue moldeado para ganar, que lo consiguió, que cayó, y que, a una edad desusada, volvió a deslumbrar como en sus primeros tiempos. Más que el registro de una carrera deportiva constituyen el testimonio despiadado de un hombre que, desde sus primeros años, ha sido signado para –ha sido condenado a– ser el mejor. Sin concesiones, y con cierto sombrío humor, revelan el trasfondo desesperado de ese destino de privilegio.

“Odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he destestado”. Esta confesión prematura permite inferir lo que de singular tendrá el libro. Su narrador no parece tener intenciones de embellecerse ni de contarnos qué hermoso es su deporte. A medida que uno avanza en la lectura va confirmando lo que de verdad pretende Andre Agassi con este relato: entenderse. Saber qué hay debajo de un destino que –parece convencido de eso– le fue impuesto.

En apariencia, la clave de su historia residiría en la ambición desenfrenada de su padre. Inmigrante iraní con una infancia atroz, ex boxeador, perpetuo buscavidas, desde el inicio de su paternidad determinó que un hijo suyo sería número uno en el tenis, designio que le fracasó con el hijo mayor –el padre no se privó de cristalizarlo en su condición de fracasado– pero que, desde temprano, cuajó en su segundo hijo varón. Cuando Andre tenía cuatro años, su padre construyó para él un dragón lanza-pelotas y le impuso la tarea de pegar 2500 pelotazos por día. Sin duda, un mandato brutal capaz de marcar desde el comienzo a cualquier ser humano. En efecto, la violencia de su padre, sus exigencias sin límite, persiguieron a Agassi hasta el día en que definitivamente dejó el tenis. Lo que cabe preguntarse es si la tortura del dragón –y muchas otras, descriptas a lo largo de estas memorias– fatalmente debían conducirlo a ser el número uno. La lectura de este libro nos lleva a concluir que no, que la clave de su carrera excepcional no hay que buscarla en el padre sino en el propio Andre Agassi. ¿Qué lleva a un chico de cuatro años a ir más allá del mandato paterno y pegar de manera efectiva las 2500 pelotas de cada día? ¿El talento, el empuje, una rabia feroz que necesitaba volcar en algún lado, el deseo de ser amado por su padre? Leyendo sus memorias uno sospecha que todos esos componentes están contenidos a presión, chocándose entre sí, en Agassi, e hicieron de él quien fue. Y cuando digo “quién fue”, no me refiero sólo a la impresionante eficacia de su devolución o a la manera en que se desplazaba por la cancha: hablo también de su proclividad a escandalizar –con su indumentaria, con los colores de su pelo, con sus actitudes públicas– , del consumo de drogas, de la manera en que cayó y, cuando nadie lo esperaba, volvió para ser otra vez el mejor, de su mirada –difícil de olvidar–, mezcla de avidez y de desesperación, en el momento en que esperaba el saque de su rival.

“Odio el tenis” dijo. Pero también dijo: “No puedo vivir sin el tenis”. De esa contradicción, y de los miedos, y de la intensidad de ciertos momentos de dicha, y de la lucha sin esperanzas contra el dolor físico, y de muchos incidentes desagradables o divertidos, habla en este libro. Quiero detenerme en la escritura. Agassi compuso estas memorias en colaboración con J. R. Moehringer, periodista prestigioso, ganador del Premio Pulitzer, quien, durante tres años, dialogó con Agassi y se sumergió en su mundo. La mayor virtud de la prosa de Moehringer es la transparencia. Su escritura es eficaz, pero no pretende tapar con su brillo al hombre que habla. Uno escucha, todo el tiempo, la voz de Agassi, percibe su pasión y su actitud confesional. Un hecho destacable es el relato de ciertos partidos de tenis, contados desde el deseo y la angustia del propio Agassi, con una carga de emotividad y un suspenso tales que hacen perder el aliento de quien los lee.

El tenis y su mundo se ven bajo una luz que no es la habitual. “Sólo los boxeadores pueden entender la soledad de los tenistas, pero incluso el oponente del boxeador le proporciona una especie de compañía; es alguien a quien puede encararse y a quien puede gruñir. Pero en el tenis te plantas frente a tu enemigo, intercambias golpes con él, pero nunca lo tocas, ni hablas con él ni haces nada con él”. Pero sobre todo, estas confesiones permiten ver al hombre contradictorio, fascinante, y de verdad querible, que es Andre Agassi. “Cuando tenía siete años”, explica, “vi que Jimmy Connors le pedía a alguien que le llevara el bolso, como si fuera Julio César. Y en aquel mismo instante juré que yo siempre me llevaría el mío”. Ese es Agassi. Y también el hombre al que un día su entrenador le dijo: “Por favor, deja de sentir lástima de ti mismo, y, por el amor de Dios, deja de intentar ser perfecto”. Algunas pocas piezas para armar el rompecabezas. Y esta, final y clave, del momento en que, a su regreso, luchó una vez más por triunfar en Roland Garros: “Si no gano esto ahora, estaré como está en este momento (mi rival), lamentándome por lo cerca que lo he tenido. Si no gano esto ahora mismo, cuando sea viejo y esté sentado en la mecedora con una manta de cuadros sobre las piernas, me acordaré del Roland Garros y de (mi rival). Después de tanto trabajo, de tanto sudor, después de este regreso mío contra todo pronóstico, si no gano esto ahora mismo, nunca seré feliz, nunca volveré a ser feliz de verdad”.

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