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Con guantes negros, una chaqueta de cuero y la cabeza cubierta por una capucha, un hombre ingresó en la Fundación Nobel. No lo hizo por la fuerza y por cierto no cometió ningún crimen, aunque alguna vez lo acusaron de traición. El encapuchado se limitó a recibir su premio y dejó el discurso en un sobre. "Cuando supe que había obtenido el Premio Nobel, me surgió la pregunta de cómo se relacionaban exactamente mis canciones con la literatura -decía Bob Dylan-. Quise reflexionar sobre ello y ver dónde se hallaba la conexión [...] Nuestras canciones están vivas en la tierra de los vivos. Pero las canciones son diferentes a la literatura. Están destinadas a ser cantadas, no leídas". Dylan, que nunca da puntada sin hilo, dejaba al conejo adentro de la galera: la poesía también nació para ser cantada. Un niño lo sabe. Al menos un niño que, como el pequeño Van Morrison, tiene una buena colección de discos a mano. Lee la nota completa aquí.

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