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ALBERTO CHIMAL

El salvajismo y la violencia de México encriptados en una novela

Un exuberante edificio con tantos cuartos como se quiera imaginar, donde suceden las historias más extrañas sobre zoofilia, fantasías oscuras, miserias y delirios es el escenario deLa torre y el jardín, la novela del mexicano Alberto Chimal, un relato encriptado sobre la violencia en México expuesto como un juego perverso donde el lector indagará en misterios escondidos tanto en la trama como en el propio texto.

Considerado como el Henry James de su generación, Chimal (Toluca, 1970) presenta en Argentina esta obra ambiciosa, publicada por Océano, que le llevó más de ocho años escribirla y que articula erotismo con animales, ciencia ficción, viajes temporales y misterios intramuros, todo adobado por juegos literarios que van desde la plasticidad en escritura, pasando por pistas escondidas entre líneas, hasta llegar una literatura transmedia que complementa la analogía del papel con la interactividad en las redes. 

Dos hombres despiertan en celdas contiguas de un sorprendente burdel, el diálogo entre ellos y una voz omnipresente como narrador descarnado y sutil serán el comienzo de una historia donde la leyenda cobra poder y la realidad será mucho peor de la imaginable. 

Chimal explica que este libro se inscribe en el género "literatura de imaginación o narrativa de lo extraño". Podría resultar redundante, pero aclara: "ese nombre responde a condiciones locales. En México hay una gran fijeza de lo real o realista como un valor cardinal de la literatura. Si algo está bueno es 'muy real'. Finalmente se trata de una imaginación de lo extraño, aquello que se considera a sabiendas como imposible o improbable". 



Este autor, que hace pocos años se reveló con su novela Los esclavos, cuenta que en su infancia comenzó a leer "libros que a los seis años no tendría que haber leído". Ese germen de lo prohibido creció. Mishima, Hesse, primero; Cuentos y mitología universal, después; Juan José Arriola, Philip K. Dick, más tarde, y en el medio, tratados de anatomía olvidados bajo la cama de su tío. 

¿Cómo conjugó esos elementos en la novela?
Es un libro con elementos de muchos lugares, es un libro que salió sin plan establecido. Fue como ir agregando a una narración que iba creciendo toda clase de referencias. Hay guiños a historias de aventuras y a narrativa de horror, autores mexicanos como Arriola, Francisco Tario y la parte más delirante y fantástica de Carlos Fuentes. 

En este espacio mágico y extraño hay diferentes pisos y cada uno se abre con una frase clave que es un verso de algún poema, ahí está mi juego con la poesía. Es una mini antología encubierta de poetas que me gustan como Sor Juana, David Huerta, William Blake, Pizarnik, José Carlos Becerra, entre otros. 
Hay también una serie de juegos tipográficos y diferentes argumentos. Esta novela quiere invitar a descubrir qué hay en este lugar, lo que se oculta en la trama y en el texto mismo. 

¿Por qué utiliza como nudo algo tan sórdido como la zoofilia? 
La sordidez del centro de la narración salió por azar, por las lecturas del momento. Estaba leyendo un libro de Philip K. Dick donde en un renglón se hablaba de un sitio perverso donde se hacían cosas perversas con animales y no se desarrolla más, literalmente es un renglón. Tomé la idea y la convertí en otra cosa. 

Esta imagen de un lugar donde se cometen toda clase de actos bestiales, donde hay rienda suelta a la animalidad más desbordada tiene que ver con temas que me fueron preocupando. El libro se desarrolla paralelamente al ascenso de la violencia criminal desatada en México, no es un reflejo, ni una novela histórica, pero está escrito en ese contexto, con una atmósfera análoga que trae codificadas mis propias reflexiones sobre el asunto.

¿Cómo se articula ese salvajismo en la actualidad? 
Es algo que me tocó ver, una especie de ascenso de esa violencia, no sólo en las noticias ni en la famosa guerra contra el narcotráfico, sino también en el trato cotidiano entre la gente, particularmente en las grandes ciudades. Es la época en la cual en el imaginario de la sociedad mexicana se asienta nuevas formas de agresividad y machismo y tiene que ver con cómo se vive la violencia y cómo generaciones enteras están creciendo normadas por esa violencia, aprendiendo el camino que pueden seguir.

México finge haberle dado la espalda a la violencia, al menos en lo que concierne a la información oficial. Este nuevo régimen ha intentado tapar o silenciar las noticias sobre actos de violencia, al contrario del anterior que le gustaba presumir su cuenta de muertos. Pero siguen ocurriendo cosas terribles, acontecimientos como la masacre de los estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, que son la punta de un iceberg terrible. 

¿Cómo tradujo eso en términos de la narrativa de lo extraño?
Se me ocurría que podía señalar esa atmósfera de malestar, de espanto y desasosiego que ni siquiera puede manifestarse y pensar en cómo podría dar la vuelta a esa hipocresía de nuestra propia naturaleza y reconocer que estamos sumergidos en esa exaltación de todo lo animal. Hay otras líneas sobre los extremos de los humanos y hasta dónde pueden llegar la destrucción que estamos llevando a cabo por todas partes, no sólo entre nosotros, sino también con el entorno y la naturaleza. 

Los personajes más terribles son los que se separan de la naturaleza y se declaran superiores a ella, cuando no hay garantías de que esa ilusión -a partir de la cual construimos ideas sobre el poder- vaya a sostenerse para siempre. El jardín, un espacio dentro de la torre, un tesoro dentro de un lugar horrible, es como la posibilidad de descubrir que hay algo más allá de esta brutalidad de los seres humanos.

¿Existe un límite en los seres humanos?
Somos capaces de muchísimo más de lo que quisiéramos admitir y de algo muchísimo peor. Creo que constantemente se está soltando la cadena: Bosnia, Somalía, Kenya, México. Hay una descomposición del tejido social que a veces puede restaurarse y a veces no y lleva a la destrucción de la sociedad. 

Haciendo una analogía con su libro, ¿hay un jardín en su país?
Creo que debe de haber un jardín, me insisto a mí mismo que tiene que haberlo. No es posible negar todo lo terrible que está sucediendo, pero todavía no estamos en el estado en el que la única alternativa sea sumarse a la violencia o morir violentamente. 

Hay porciones del territorio y comunidades en las que se están haciendo esfuerzos en la dirección contraria, casi nunca de forma concertada o con apoyo de los poderes fácticos, pero está ocurriendo y eso me da un poco de esperanza.
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